Parábola del Enano

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Así habló INRI CRISTO:

“La mayor hazaña, el mayor prodigio que el espíritu de las tinieblas realizó hasta hoy fue esconder su forma: se él se revelase sus mil caras, sería obviamente desenmascarado e identificado.

Imaginaos, mis hijos, si la media denunciase, con estallido, la existencia de un monstro, ladrón gigante (más precisamente un latrocina peligrosísimo, de aproximadamente tres metros de altura por un de espesor), que, mismo después de haber invadido varias casas para robar, asesinando sus víctimas, continuaba suelto, propagando terror, y un hombre, teniendo asistido al noticiero policial en la televisión, si posicionase sentado a la puerta de su casa, vigilando con un fusil a fin de impedir a aproximación del monstro…

De pronto, llega un simpático, ‘inofensivo’ y sonriente enano que, con voz blanda, le pide un vaso de agua. El vigilante, temiendo la invasión del monstro, permanece estático con el fusil direccionado a una altura de dos metros, dónde suponga ser el corazón del invasor. Por razón de esa preocupación, no puede ir buscar el agua en atención al pedido del simpático enano y, abajando la cabeza delante del pequeño, le dice: ‘Entra, enanito, es bienvenido; allá en la cocina tu encontrarás un vaso: toma agua a voluntad.’

El enanito, pasando por bajo del fusil, le responde: ‘Muchas gracias; no abusando de vuestra buena voluntad, usaré también el baño.’ Y, silenciosamente, entra en la casa, invade los aposentos e impregna con éter las narinas de la mujer y de los niños adormecidos. Inyecta una dosis letal de veneno para garantizar la inmovilidad de las víctimas. Acto seguido, escruta todas las habitaciones, abre el cofre diligentemente, roba todos los valores, joyas, dinero, por último, todo lo que su sagaz e ambiciosa mente de ladrón considera valioso, incluso las economías que estaban debajo del colchón. Y colocando todo en su bolsa, sale tan simpático y sonriente como cuando adentró. Se despide satisfecho por haber engañado una vez más. El incauto aún le responde: “Vuelva siempre que precisar, enanito, mi casa está a su disposición.”

Así los lacayos del Belcebú, príncipe de las tinieblas (sacerdotes de la iglesia proscrita traedores de la causa divina), inculcan en la cabeza de los seres humanos, desde la más temprana edad, que el demonio es un monstro con rabo y cuerno, así todos piensan que esta es su única forma de materialización. Mientras eso, él se manifiesta de diferentes maneras: incorporado en los parientes, en un anciano, en un niño… principalmente en los embustólogos, estafadólogos e mentirólogos que, disfrazados de teólogos, roban, además de los recursos pecuniarios (en la constante venda de falsos sacramentos y chantaje del diezmo, vilipendiando las enseñanzas que he ministrado antes de la crucifixión: ‘Dad de gracia lo que de gracia recibisteis’ – Mateo c.10 v.8), la alegría, la paz, la armonía, que son la mayor riqueza de los seres humanos.

Así como celoso centinela de esta parábola no pudo identificar el malhechor por causa de la desinformación organizada, los seres humanos son inducidos a creer en las falsedades proferidas por estos lobos con piel de oveja, que se presentan en la media como defensores de las causas justas, a servicio de DIOS.

El demonio solo consigue entrar en la casa, en el cuerpo de aquellos que, desprevenidos, desatentos y descuidados, aceptan su visita. Quien no quisiera ser víctima del abominable príncipe de las tinieblas y de sus emisarios debe llevar en serio lo que he enseñado antes de ser crucificado: ‘Orad y vigiad que nadie os engañe, porque muchos vendrán en mi nombre… falsos cristos, falsos profetas, harán prodigios y engañarán a muchos…’  (Mateo c.24 v.5 y 24).

No os olvidéis, mis hijos, que yo he dicho: ‘orad y vigiad que nadie os engañe.’ Cuando digo ‘nadie, estoy advirtiendo para que estén vigilantes en todos los sentidos, porque el espíritu de las tinieblas puede manifestarse de múltiples formas, hasta de la manera más insospechada e inesperada posible.”

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